Por José Ignacio Robles Sánchez
Oslo, 22 de julio, aproximadamente 15:30 horas. Estalla una bomba en un edificio gubernamental del centro de la ciudad, causando 7 muertos y varios heridos. Los ciudadanos están conmocionados, la policía busca otros artefactos explosivos. La telefonía móvil se colapsa por las llamadas de la gente preocupada por sus familiares, mezclada con las falsas alarmas provocadas por los nervios; en medio de este caos, se comienzan a recibir llamadas alertando de la presencia de “un loco” que ha comenzado a disparar de forma indiscriminada en la isla de Utoya.
La policía detuvo a un sospechoso noruego de 32 años, llamado Anders Behring Breivik, alguien que unos días antes había escrito en su cuenta de Twitter un solo mensaje: “Una persona con convicciones tiene tanta fuerza como 100.000 personas que no tienen más que intereses”. Este “demente” ha causado la muerte de 76 personas.
Ahora, se reclama a la policía noruega por su lentitud de reflejos, y a los servicios de inteligencia porque podían haber prevenido esta matanza. ¿Está preparada la sociedad noruega para afrontar este tipo de acontecimientos? ¿Estamos preparados nosotros?
En un modelo integral de gestión de riesgos, esta es una situación que debiera estar prevista, y de hecho lo está: siempre hay algún “loco” que está dispuesto a “cambiar el mundo” aunque para ello tenga que eliminar a media humanidad. Ejemplos, los tenemos a diario.
Escribíamos en nuestro “Manual de Salud Mental en Desastres”, publicado en la editorial Síntesis, que los desastres se encuentran presentes en nuestra actualidad cotidiana. Los medios de comunicación suelen sacarnos de nuestro letargo con noticias de gran impacto mediático, como lo sucedido en Oslo. En estas situaciones, es lógico y normal que se produzcan reacciones emocionales intensas. Como señala el DSM-IV TR (“Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders”), un acontecimiento traumático, o el haber sido testigo de un acontecimiento traumático, disparan el miedo, la indefensión, o el horror en respuesta a la amenaza real o percibida de muerte o lesión hacia uno mismo o hacia los demás. El individuo percibe normalmente los acontecimientos traumáticos como amenazantes para su vida y su seguridad, son inesperados y repentinos y suelen ser raros y se caracterizan por su gran intensidad, por lo que producen un gran impacto psicológico. La prevención de estas reacciones y el abordaje y tratamiento de las mismas, una vez producidas, son labor de los equipos de intervención. Las conductas que se observan en estas situaciones son comportamientos de urgencia que se manifiestan en circunstancias excepcionalmente anormales. Por ello su significación y apreciación deben ser realizadas dentro del contexto situacional en el que se producen. En una situación anormal, como la ocurrida en Oslo, se producen comportamientos individuales y colectivos distintos a los criterios habituales que rigen las conductas normales en la comunidad. Cuando el individuo siente que peligran su vida o la de sus seres queridos y sus pertenencias y bienes, surgen emociones intensas y reacciones de urgencia, que al observador extraño pueden parecer patológicas, y que en definitiva no dejan de ser reacciones adaptativas a la situación planteada. De hecho, lo anormal es la situación planteada y no la conducta de los individuos.
Se ha comprobado la gran variedad de respuestas humanas a estos acontecimientos en función de una serie de factores, unos de ellos dependientes de la comunidad, de la familia y otros del propio sujeto. La gran mayoría de los autores coinciden en que los desastres provocados por la mano del hombre generan traumas mayores en las poblaciones afectadas que los provocados por las fuerzas de la naturaleza.
El terror causado por este demente ha provocado el miedo y la incertidumbre de la comunidad noruega. Estas reacciones psíquicas se extienden de forma muy rápida y no se limitan sólo a aquellos que han experimentado el hecho de forma directa, también se pueden ver afectados los miembros familiares de las víctimas, los supervivientes, los compañeros y aquellas personas que han estado expuestas al acontecimiento a través de las imágenes de los medios de comunicación. El número de afectados psicológicos superará, sin lugar a dudas, al número de las víctimas directas causadas por la vesanía de Anders Behring Breivik. La gran mayoría de la población afectada se recuperará de forma espontánea, con el apoyo de familiares y amigos y volverá a las rutinas diarias sin consecuencias. Sin embargo, habrá un número de afectados que necesitarán apoyo especializado, y sin lugar a dudas, la sociedad noruega hará un detenido análisis de las lecciones aprendidas en estos días, para establecer, reforzar o reformar las estrategias de intervención. Esta información y los modelos de intervención, los podrán encontrar en nuestro “Manual”, cuya lectura creo que resulta de gran actualidad y posiblemente de utilidad, para aquellas personas que están interesadas en estos temas.
José Ignacio Robles Sánchez es comandante Psicólogo Jefe del Departamento de Psicología de la Escuela Militar de Sanidad y profesor Asociado del Departamento de Clínica de la Facultad de Psicología de la UCM. Es, además, autor junto con José Luis Medina de “Manual de salud mental en desastres“, cuyo resumen e índice de contenidos se pueden consultar aquí.