“10 de junio de 1856. Hay decididamente entre los grandes genios, quienes, fogosos, indisciplinados incluso cuando se creen correctos, obedecen sólo a su instinto, que se equivoca, sin duda, algunas veces. Por ejemplo, Miguel Ángel, Shakespeare, Puget, son gente que no dirige su genio, sino que es arrastrada por él; Corneille es uno de los más sobresalientes: desciende del cielo hasta caer en verdaderas abominaciones. Pero no obstante éstos son los iniciadores, los pastores del rebaño; son los monumentos, a menudo informes pero eternos, que dominan los desiertos y las más refinadas civilizaciones, donde permanecen como punto de partida y de crítica por los caracteres eternos de sus bellas obras.
Hay también indudablemente genios divinos que obedecen a su natural, pero que también lo dominan. Los Virgilio, Racine, etc, nunca cometen barbaridades: siguen el camino abierto por unos gigantes; dejan tras ellos los bloques informes, los intentos demasiado audaces y se adueñan de los corazones con un imperio menos discutido.

Virgilio, autor de La Eneida, pertenece según Delacroix a un tipo de genio más mental que Miguel Ángel
Cuando los hombres de la primera clase quieren reformarse, actuar metódicamente, caen en la frialdad y quedan por debajo de sí mismos o como mucho a su mismo nivel. Los de la segunda clase sujetan su imaginación, se reforman o actúan a su aire sin caer en contradicciones ni errores llamativos”. Diccionario de Bellas Artes. Eugène Delacroix. Reconstrucción y edición de Anne Larue. Fragmento de la entrada sobre lo sublime pag 275-276.






