Con motivo del centenario de McLuhan el pasado 21 de julio hemos pedido a David Rodríguez Mateos, profesor ayudante doctor de la Universidad Carlos III de Madrid y coautor de “Documentación audiovisual: nuevas tendencias en el entorno digital” (Madrid: Síntesis, 2011), un análisis de los medios contemporáneos desde la perspectiva del famoso comunicólogo canadiense y le hemos preguntado qué cree que opinaría de Internet el autor de la frase “el medio es el mensaje”.
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Hace apenas unos días, se ha cumplido el primer centenario del nacimiento de Marshall McLuhan, el investigador canadiense sobre los medios de comunicación social, famoso incluso entre quienes apenas le han leído. McLuhan tuvo una brillante y prolífica carrera, tanto académica como también vital, que, paradójicamente, empezó ya durante sus primeros estudios universitarios. Uno de sus biógrafos, Terrence Gordon, apuntaba que su diario durante la universidad incluía afirmaciones como que nunca sería un profesor de universidad y que estaba aprendiendo “a pesar de sus profesores” (http://marshallmcluhan.com/biography/).
El propio McLuhan fue no solo un teórico citado hasta la saciedad, sino que se convirtió él mismo en contenido de esos medios de comunicación que, en muchos casos, le elevaron a la categoría de “estrella mediática“. Una buena razón para ello fue su capacidad para acuñar todo tipo de conceptos breves, tomados en muchos casos como eslóganes (quizá, a su pesar), tremendamente útiles para esos mismos medios de comunicación de los que habló durante toda su vida.
Uno de esos conceptos es el clásico binomio acerca de los tipos de medios de comunicación a partir de la percepción de sus contenidos por parte de los receptores. Este binomio, presentado en una de sus obras más famosas, “Understanding Media: The Extensions of Man” (1964), establecía dos categorías de medios: los medios calientes y los medios fríos.
Los medios fríos serían aquellos que exigían de sus receptores una alta interacción; en otras palabras, al no ofrecer demasiados detalles sobre sus contenidos, obligan a los receptores a participar de forma muy activa en el proceso de comunicación. Un ejemplo extendido es la radio, que, al ofrecer a sus receptores únicamente sonido, obliga al oyente a usar su imaginación para completar la información que recibe.
Por el contrario, los medios calientes lo son porque aportan al espectador tanta información que éste no requiere un gran esfuerzo para percibirla. El caso paradigmático sería la televisión, que permite del espectador una respuesta bastante pasiva.
McLuhan no era precisamente un partidario de ciertos medios calientes, como la televisión. Pero, ¿qué opinaría, por ejemplo, de Internet, y más en concreto, de la World Wide Web, que permite ofrecer un volumen de información tal que ni el propio McLuhan podría imaginarlo?
Si entendemos la web como un “medio de comunicación”, o más propiamente, como un canal, ¿cómo serían los medios que transitan a través de él? Considerando la cantidad de información disponible en ellos, ¿podrían considerarse como calientes? O atendiendo a la cantidad de interacción que despiertan.
Para responder a esta pregunta, nos puede resultar de gran ayuda fijarnos en un fenómeno que, al convertirse en cotidiano, nos pasa inadvertido: la explosión de la documentación audiovisual, gracias a la explosión de los soportes digitales y, en conjunción con estos, a la difusión masiva de contenidos usando Internet. Pero hay un tercer factor menos considerado: la generalización del almacenamiento de esos contenidos para su disposición masiva por cualquier usuario.
Hoy nos parece normal poder acceder, en teoría, a cualquier contenido audiovisual, no solo reciente, sino, en muchos casos, antiguo, considerando lo relativo del término “antiguo”, en el campo audiovisual: ¿son “antiguas” las propias grabaciones audiovisuales de algunos de los propios discursos de McLuhan, hoy accesibles para cualquier que disponga de un dispositivo electrónico conectado a Internet? (en http://marshallmcluhanspeaks.com/sayings/).
Pero, considerando que el uso popular de Internet comenzó a generalizarse hace poco más de 15 años, quizá no caigamos en la cuenta de que, hasta entonces, la capacidad para producir y para difundir contenidos, no solo por parte de los medios, sino de cualquier persona que tuviera algo que contar era mucho menor. Hoy, cualquiera que disponga de esa misma conexión puede crear un video (o modificar y combinar otros que ya existan) y difundirlo a todo el mundo porque dispone de una herramienta muy simple para guardar su resultado y, al tiempo, para difundirlo a todo el mundo. Si ha llegado hasta aquí, distinguido lector, seguramente se le ocurrirá un nombre (aunque no sea el único de su especie): Youtube.
Así que, podríamos decir que cualquier persona puede llegar a ser un “medio”, usando por ejemplo Internet, y que, por lo tanto, todos podemos ser también (parafraseando de nuevo a McLuhan) mensaje ¿Podremos entonces considerarnos a todos como medios fríos, capaces de generar interacción por parte de nuestros espectadores, o de nuestros oyentes?
¿Y cómo podrán acceder a esos contenidos sus posibles espectadores? ¿Cómo encontrarlos? ¿Cuánto tiempo se mantendrán almacenados allí? ¿Llegará un momento en el que haya tantos contenidos que la mayoría de ellos no sean visibles, y lleguen a ser tan fríos que requieran una interacción casi imposible por parte de sus teóricos usuarios? ¿Están triunfando más bien aquellos contenidos que, promovidos por una mayoría de usuarios (al verlos) o por los propios gestores de herramientas como Youtube (por motivos comerciales… o políticos, o…)? Youtube, que nació como un mero archivo, ¿se ha convertido en un medio caliente, o mejor dicho, abrasador?
¿Cómo están organizados esos contenidos? ¿Cómo pueden ser descritos los contenidos audiovisuales, estén donde estén (no solo en Youtube), para que, entre los miles de millones que existen cada vez más en la red, la mayoría de ellos no resulten, de tan puro fríos, “congelados” (porque necesiten tal interés por parte de sus futuros usuarios para encontrarlos que resulten casi imposibles)? ¿Cómo los podremos buscar? ¿Quién puede encargarse de ayudar a que puedan ser recuperados?
Hasta no hace mucho, la documentación audiovisual era un reducto para profesionales de esos medios que eran mensajes, cuyos problemas apenas interesaban, preocupaban o no eran siquiera conocidos por el público en general. Hoy, todos nos hemos convertido en potenciales medios, o al menos, en posibles productores de contenidos audiovisuales, en las situaciones más insospechadas.
Y por eso, lo que pueda suceder con nuestras producciones, la forma en la que estas pueden ser no solo difundidas a corto plazo sino también conservadas y, sobre todo, recuperadas, se ha convertido en un asunto que debería formar parte de nuestra lista de preocupaciones. Al menos, para conseguir que Internet siga siendo un medio, o un canal, o una plataforma fría, es decir, para que siga provocando nuestra interacción, nuestra respuesta, nuestra capacidad para traspasar la mirada pasiva de los espectadores ante las obras audiovisuales, y para que los espectadores podamos ser, además, ciudadanos.